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 Carl Jung y los fenómenos paranormales

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MensajeTema: Carl Jung y los fenómenos paranormales   Jue Oct 04, 2012 10:40 pm

CARL JUNG Y LOS FENÓMENOS PARANORMALES study





“Aquella noche fatídica de junio de 1895, la primera sesión espiritista tuvo un resultado más extraordinario de lo que cabía esperar. Jung se sentó junto con el círculo de mujeres alrededor de una gran mesa redonda de madera, y presidió nerviosamente la sesión. Como era habitual en este tipo de sesiones, colocó en el centro un vaso de agua que podía reflejar hasta la más imperceptible levitación de la mesa. Ordenó a todos que colocasen las manos suavemente sobre la mesa y las uniesen tocándose unos a otros ligeramente las yemas de los dedos. Al cabo de unos instantes de completo silencio, el aire se volvió espeso, eléctrico. De pronto, el vaso de agua empezó a moverse violentamente. A su pesar, Jung estaba tan aterrorizado como el resto de los participantes. Con grandes dificultades, exclamó: ‘Uno de nosotros es un médium muy dotado’. En aquel momento, la joven Helly palideció y se desplomó en la silla. Y para sorpresa de todos los presentes, empezó a hablar”. Este texto está extraído del libro The Aryan Christ: The Secret Life of Carl Jung (1997), cuyo autor es Richard Noll, psicólogo clínico y profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard. En dicha obra, se descubren facetas muy poco conocidas del eminente psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), entre ellas, su incursión desde joven en el mundo del espiritismo y de los fenómenos paranormales. Cuando realizó dicha sesión espiritista, Jung estaba a punto de cumplir 20 años. Todavía no podía imaginar lo que el destino le tenía reservado: convertirse en uno de los más grandes pensadores del siglo XX. Su descubrimiento del inconsciente colectivo produjo una auténtica revolución en el conocimiento de la mente humana. “Así como el cuerpo humano muestra una anatomía general por encima y más allá de todas las diferencias raciales, también la psique posee un sustrato general que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia, al que he designado como inconsciente colectivo”, explica Jung. Era pues de prever que, tanto en la psiquiatría como en el psicoanálisis, terminara aventajando a su insigne mentor Sigmund Freud.

Realmente sabemos muy poco de la vida de Jung. Sus herederos siempre han sido muy reacios a la hora de aportar material inédito a los investigadores -como puedan ser sus diarios privados o toda su correspondencia-, con el que poder construir una biografía mínimamente veraz, más centrada en los aspectos humanos y alejada de ese personaje idealizado -a modo de semidios- que su familia y seguidores han tratado de difundir. “Supone algo tremendamente injusto que Jung se presente como un autor alejado de la realidad, aportando pruebas de oscurantismo que no existen en absoluto en sus escritos”, denuncia Pilar Quiroga, doctora en Psicología y autora de la documentada obra C. G. Jung. Vida, obra y psicoterapia (2003). Ni siquiera Recuerdos, Sueños, Pensamientos, libro elaborado cuando Jung tenía 81 años y publicado tras su muerte, puede ser considerado una autobiografía en toda regla, ya que se trata de una colección de escritos hábilmente estructurados por Aniela Jaffé, su ayudante en los albores de su vida. “Jaffé tomó las contribuciones y transcripciones de antiguas conferencias de Jung, añadió sus propias notas sobre las conversaciones que mantuvo con él, puso todo en primera persona y permitió que el conjunto se presentase como una autobiografía a un público confiado”, aclara Noll. De los borradores escritos por Jung, se modificaron y eliminaron muchas frases, así como ciertas anécdotas, siempre por sugerencia familiar. Aún así, con ese escaso material biográfico, y a través de sus trabajos teóricos, vivencias personales y conversaciones con sus pacientes, podemos hacernos una idea del gran interés que Jung siempre cultivó hacia los temas limítrofes del conocimiento, que tanto marcarían su trayectoria personal y profesional.



CONTACTOS CON EL “MÁS ALLÁ”


C. G. Jung nació en el seno de una familia muy piadosa. Su padre, Paul Jung, era pastor protestante, ejerciendo su labor en la Iglesia Reformada. Y su abuelo materno, Samuel Preiswerk, fue profesor de exégesis bíblica en la Institución Evangélica de Ginebra. Jung, sin embargo, no comulgaba con el judeocristianismo y, menos aún, con el catolicismo [2]. Su alma visionaria y heterodoxa, rechazaba todo dogmatismo religioso. “La ‘religión teológica’ no podía servirme para nada, pues no correspondía a mi experiencia de Dios”, escribiría. En cierto modo, podemos decir que elaboró su propia religión, a caballo entre la magia y el paganismo, influido, sin duda, por los antiguos cultos mistéricos y el mundo alquímico, temas que siempre le cautivaron. De hecho, el torreón que se construyó en Bollingen, junto al lago de Zurich, fue no solo lugar de soledad y meditación, sino también de encuentros visionarios y otras experiencias transpersonales de profundo significado trascendente. “Desde el principio el torreón se convirtió en un lugar de perfeccionamiento, un seno materno o una figura materna en la cual podía volver a ser lo que soy, lo que fui y lo que seré”, asegura. Allí, sobre la pared del dormitorio, se conserva un mural donde aparece representado su guía espiritual Filemón -un sabio anciano con largas barbas y alas-, con quien mantuvo contactos extrasensoriales y a quien debe algunos de sus más brillantes descubrimientos sobre la psique humana -la idea del arquetipo, por ejemplo-, según él mismo confiesa. Los diálogos que mantuvo con el mundo de los muertos y los dibujos que realizó bajo estados no ordinarios de conciencia, se recogen en su Libro Rojo, que aún permanece custodiado por sus descendientes.

¿De dónde le vino entonces su interés por la comunicación con los muertos? ¿Acaso de la lectura del Fausto de Goethe a la edad de quince años? Ello ejerció su influencia, qué duda cabe. Tal obra significó para Jung una auténtica revelación. “Inundó mi alma como un bálsamo maravilloso”, escribe. Tanto es así que al final de su vida creyó ser la reencarnación de Goethe, no ya solo por lo identificado que se sentía con dicho personaje, sino por ciertos sueños extraños que parecían revelarle esa posibilidad. Sin embargo, su acceso al mundo del espiritismo tuvo lugar justo cuando se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Basilea, a mediados de 1895. En esas fechas, el espiritismo estaba en auge por toda Europa. Era costumbre, sobre todo entre la alta sociedad, reunirse cada atardecer a la luz de una vela para invocar a los antepasados. Jung sintió curiosidad por el tema y quiso realizar algunas sesiones acompañado de varias mujeres de su familia. Entre ellas, su prima Hélène Preiswerk, que era médium. Por su parte, la madre de Jung, Emilie Preiswerk, ya había dado buena muestra de sus dotes clarividentes y había protagonizado alguna que otra experiencia relacionada con espíritus. Por tanto, aquellas séances organizadas por Jung resultaron exitosas y los presuntos contactos con los muertos no tardaron en establecerse. Hélène, conocida también con el nombre de “Helly”, es la joven citada en la narración inicial. En aquella primera sesión coordinada por Jung, Hélène, de quince años, entró en trance y a través suya se manifestó su abuelo difunto: “No temáis. Os acompaño todos los días. Soy vuestro padre Samuel, que vive con Dios”. Durante el tiempo que duró el éxtasis, la joven viajó astralmente al continente americano para visitar a su tía Bertha. Por muy delirantes que hoy nos parezcan estas historias mediúmnicas, entonces se vivían con total normalidad, incluso por personas con formación académica, como el propio Jung. De hecho, en torno al espiritismo, se dieron cita grandes personalidades del campo científico. Basta recordar a William Crookes y Charles Richet, premios Nobel de Química y Medicina, respectivamente. Ambos creían en la supervivencia del alma tras la muerte.

Lo cierto es que Jung fue testigo del cumplimiento de algunas premoniciones que tuvo Hélène durante sus trances visionarios. Aquello le llevó a profundizar aún más y comenzó incluso a interesarse en los estudios llevados a cabo por la célebre Society for Psychical Research (S.P.R.) de Londres, presidida por el catedrático de Filosofía Henry Sidgwick, institución que en 1882 inaugura el estudio científico y sistemático de los fenómenos metapsíquicos. Serían los preámbulos de la futura Parapsicología. Jung estaba fascinado con todo ello, y leía con inusitado interés los notables trabajos del ya citado Crookes y de otros pioneros de la Metapsíquica como William James, F. W. H. Myers, J. C. F. Zoellner, Cesare Lombroso, etc. “A pesar de parecerme tan extrañas y discutibles, las observaciones de los espiritualistas fueron para mí las primeras noticias sobre fenómenos psíquicos objetivos. Los nombres de Zoellner y Crookes me impresionaron y leí, por así decirlo, toda la literatura sobre espiritismo que estaba entonces a mi alcance”, escribe Jung. No es de extrañar que su tesis doctoral versara, entre otras cosas, sobre estas apasionantes cuestiones…


PSIQUIATRÍA Y MEDIUMNIDAD


Jung creía que el inconsciente puede conectar con otros niveles superiores de la realidad no sometidos a nuestras leyes espacio-temporales. Su cada vez más dilatada formación psiquiátrica, no le hizo dar marcha atrás en sus convicciones, aunque sí se iba mostrando más prudente a la hora de referirse a los espíritus-guías (prefería hablar ya de “personalidades inconscientes”). Comprendió que el inconsciente escondía demasiados secretos que tenía que ir sacando a la luz, antes de atribuir a posibles fuerzas del más allá los numerosos casos de narcolepsia, criptomnesia, hipnagogia, estado de ensoñación, trance visionario, automatisme ambulatoire, etc., que le iban llegando a su consulta, trabajando ya como psiquiatra en el prestigioso hospital de Burghölzli, durante la primera década del siglo XX. “Aun cuando existen casos perfectamente dignos de crédito, queda en pie la cuestión de si el fantasma o la voz se identifican con el muerto o son una proyección psíquica, y si la declaración procede realmente del muerto o quizás se origina en el saber existente en el inconsciente”, subraya Jung. Fue su etapa más escéptica, aunque como puntualizó William James, jamás perdió su voluntad de creer…

Si bien es cierto que estableció una conexión entre la mediumnidad y la histeria, estudiando la “disociación” de la personalidad de los médiums espiritistas, en ningún momento cuestionó la autenticidad de las facultades metapsíquicas, como la clarividencia o la precognición. En su tesis doctoral de medicina, escrita en 1902 bajo el título Acerca de la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos, se hace eco de las experiencias mediúmnicas de su prima Hélène (empleó para referirse a ella el pseudónimo “S.W.”), afirmando que a pesar de su personalidad histérica -que provocaba sus desvanecimientos y automatismos-, manifestaba auténticas capacidades telepáticas y precognitivas durante esos estados de trance. En la conferencia que pronunció en 1919 ante los miembros de la S.P.R., titulada Los fundamentos psicológicos de la creencia en los espíritus, dejó claro su convencimiento de que las manifestaciones espiritistas se debían a “efectos exteriorizados de complejos del inconsciente”. El ya cada vez más célebre psiquiatra continuó ahondando en el estudio de los fenómenos paranormales, siguiendo una línea marcadamente científica, por eso no le pasó desapercibidas las investigaciones llevadas a cabo a partir de 1934 por el biólogo Joseph B. Rhine, en torno a la llamada “percepción extrasensorial” (ESP), desde su laboratorio de la Universidad de Duke. Sus rigurosos análisis estadísticos sobre la telepatía, la clarividencia, la precognición y la psicocinesis hicieron que la Parapsicología adquiriese respetabilidad científica y se multiplicasen las cátedras por todo el mundo. En 1937, Jung tendría la oportunidad de conocerle personalmente. “Por lo menos una parte de la psique no se encuentra sometida a las leyes del espacio y del tiempo -sugiere Jung-. La prueba científica acerca de ello la aportaron los conocidos experimentos de Rhine. Junto a incontables casos de presentimientos espontáneos, las percepciones fuera del espacio y otros casos de este tipo, de los cuales ya he contado algunos ejemplos de mi vida, demuestran que la psique en ocasiones funciona más allá de la ley de la causalidad espacio-tiempo. De ello se desprende que nuestras concepciones de espacio y tiempo, y con ello la causalidad, son imperfectas”.


EXPERIENCIAS PERSONALES

A lo largo de su vida, Jung protagonizó una serie de sucesos anómalos muy significativos que le sirvieron para convencerse, aún más si cabe, de la existencia de una realidad trascendente. No hablamos ya de experiencias visionarias y sueños de abundante material arquetípico -uno de los cuáles le inspiró la idea del inconsciente colectivo-, sino de otros fenómenos englobados en el campo de lo paranormal, como por ejemplo, la proyección extracorpórea. En 1944, Jung sufrió un infarto cardíaco. Estando inconsciente sintió que abandonaba su cuerpo físico y ascendía hacia lo alto. “Me pareció como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la tierra sumergida en una luz azul intensa. Veía el mar azul profundo y los continentes. Bajo mis pies, a lo lejos, estaba Ceilán y ante mí estaba el subcontinente de la India. Mi campo de visión no abarcaba toda la tierra, sin embargo, su forma esférica era claramente visible, y sus contornos brillaban plateados a través de la maravillosa luz azul (…) La contemplación de la tierra desde tal altura es lo más grandioso y más fascinante que he experimentado”.

Muchos años atrás, cuando aún vivía con sus padres, experimentó algunos fenómenos psicocinéticos a su alrededor. Extrañas explosiones, golpes, rotura de objetos... Durante el verano de 1898, vivió varios episodios de esta naturaleza. Uno de los que más le llamó la atención fue la extraña explosión que oyeron en un mueble aparador. “Comencé a inspeccionar detalladamente el aparador y lo inmediato a él, pero sin éxito -cuenta en sus memorias-. En el cajón, conteniendo la cesta del pan, hallé el pan y junto a él el cuchillo, cuya hoja estaba destrozada casi por completo. El mango estaba en un rincón del cesto rectangular y en cada una de las tres restantes esquinas había un trozo de la hoja del cuchillo. El cuchillo se había empleado todavía a las cuatro de la tarde y después se había guardado. Desde entonces nadie lo había tocado”. Dos semanas antes, el tablero de una mesa se había roto por la mitad inexplicablemente, ante el asombro de toda la familia. “¿Por qué y cómo se partió la mesa y se quebró el cuchillo? La hipótesis de la casualidad resultaba del todo inadmisible”, reconocería.

De casado, siguió protagonizando más incidentes de este tipo. Cuenta cómo en 1916 estos fenómenos paranormales se incrementaron. “Mi hija mayor veía por la noche una figura blanca atravesar la habitación. Mi otra hija contaba -independientemente de la primera- que le habían levantado la manta de la cama dos veces por la noche”. Uno de esos días, la campanilla de la puerta de la casa sonó insistentemente: “Yo me encontraba cerca de la campanilla, la oí sonar y ví cómo se movía el martillo. Todos corrieron inmediatamente hacia la puerta para ver quién llamaba ¡pero allí no había nadie! ¡Nos miramos como alelados!”. Jung estaba convencido de que aquella incesante fenomenología parapsicológica guardaba estrecha relación con el estado emocional en que se encontraba por aquel entonces. “Era una constelación inconsciente, y la atmósfera característica de tal constelación me era bien conocida como numen de un arquetipo”.

Insólito fue también lo que le sucedió años antes, en 1909, estando en Viena en compañía de Freud. Ambos discutían precisamente sobre la realidad de los supuestos fenómenos paranormales. En esa época, Freud mantenía una postura escéptica. Tuvieron que pasar años hasta aceptar la autenticidad de los casos estudiados por la Parapsicología. Así cuenta Jung lo ocurrido durante la reunión mantenida con su mentor:

“Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente. Y en ese instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creímos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: ‘Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos’.

‘¡Bah –dijo él-, esto sí que es un absurdo!’.
‘Pues no -le respondí-, se equivoca usted, señor profesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmeditamente a oírse otro crujido’. Y, efectivamente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!... No sé aún hoy por qué tenía tal certeza. Pero sabía con total exactitud que el crujido iba a repetirse. Freud me miró horrorizado. No sé qué pensaba o qué miraba. En todo caso, este hecho despertó su desconfianza hacia mí y yo tuve la sensación de haberle hecho algo. Nunca más volví a hablarle de esto”.


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